En el umbral de un nuevo siglo es pertinente detenerse a reflexionar acerca de lo que hemos hecho hasta ahora por la educación de nuestro país en esta centuria que termina y cual será nuestra misión como educadores en la que comienza.

La evolución acelerada de los medios de información masivos, más que cualquier otro factor, ha convertido nuestro inmenso planeta que hasta hace quinientos años era geográficamente incierto, en lo que han llamado algunos una “aldea global”. Esta “globalización” del Orbe trae consigo una serie de tópicos que ineluctablemente deben ser considerados en cada una de las naciones envueltas en este proceso.

Estamos conscientes de que en la ineludible evolución social, este concepto de mundo planetarizado no deja de ser un fenómeno envolvente en el que todos estamos inmersos. Lo que no podemos aceptar es el fundamentalismo económico (por llamarlo de algún modo) que han adoptado los países ricos, al tratar de imponer un único modelo de desarrollo como el non plus ultra para cada una de las naciones “en desarrollo”. En nuestro país, por ejemplo, desde principio de los años ochenta se inició con los “Programas de Ajuste Estructural”, achicando el papel del Estado en el campo social en detrimento de las clases más desposeídas.

La educación por su parte no ha estado exenta de este fenómeno. No es casualidad que los programas de estudio de la última década hayan sido financiados por organismos internacionales como la AID y el Banco Mundial.

Es una verdad de Perogrullo afirmar que todo grupo en el poder desea mantener la hegemonía política e ideológica. Los países de América Latina han arrastrado desde la conquista una plutocracia histórica que ha hecho creer al pueblo, utilizando entre otros medios la educación, que sólo los ricos son capaces de dirigir los destinos de una nación. Es aquí donde desempeña el docente un papel protagónico, en la creación de un nuevo orden mundial.

América Latina está sedienta de educadores con harta sensibilidad social, capaces de retomar las ideas de Antonio Gramsci, intelectual italiano para quien el maestro no debía limitarse a trasladar la ideología de la clase dominante, sino que su función iba más allá. Para Gramsci primeramente el educador debe tener un conocimiento claro de la realidad de su país, debe poseer altos niveles de conciencia y de formación para que pueda interpretar las fuerzas en pugna por la hegemonía y para valorar el grado de correspondencia entre los discursos, las ideologías y las realidades propugnadas por el grupo en el poder en un momento determinado.

Creemos con Gramsci que la escuela debe ser “el instrumento de preparación de intelectuales de diversas categorías” (Gramsci, 1967) intelectuales, que con una claridad política y conscientes del juego hegemónico de las clases poderosas, generen una revolución ideológica, en aras de una sociedad más justa y con menos desigualdades.

Creemos en un pueblo capaz de encontrar desde su seno una organización social que pueda hacerse cargo de garantizar con justicia  los servicios básicos (educación integral, salud, energía, agua, igualdad de oportunidades, entre otros) a los que tiene derecho todo ser humano. Una organización que trascienda el concepto tradicional de Estado y promueva una democracia más participativa en la que tenga cabida el plebiscito y el referéndum, entre otros, como mecanismos de toma de decisiones en las políticas que atañen a toda la población.

Desgraciadamente, el modelo que nos quieren imponer los países ricos y que nuestros gobernantes acogen con gran beneplácito no contempla ninguno de estos mecanismos populares. La élite política en nuestro país ha convertido los gobiernos de las últimas décadas en un descarado juego de tenis en el que la pelota está alternadamente en cada jugador cuatro u ocho años dependiendo de la “simpatía” del gobernante. La estructura partidaria   que ha administrado el país los últimos cincuenta años ha sido considerada por algunos como un monstruo bicéfalo, sin autonomía alguna, manejado por las exigencias de los organismos financieros internacionales.

Resulta chocante escuchar los discursos cantinflescos de los políticos en campaña electoral, que si no fuera por el color de las banderas no se sabría a que partido pertenecen. Este desdibujamiento ideológico que ha asumido la clase política no ha de extrañarnos; en sus mentes persiste la idea de que gobiernan a un pueblo ingenuo y seudo-educado, luego venden a la gente una imagen al mejor estilo del marketing moderno, al igual que se vende un jabón o una determinada marca de carro.

Creemos que como educadores debemos ser garantes de democracia y no hipócritas que discursan sobre igualdad de derechos, respeto a las opiniones disidentes, toma de decisiones consensuadas… y manejan en las aulas pequeños regímenes totalitarios en los que el docente es el único poseedor de la verdad y como tal, soberano absoluto de la autoridad. La vivencia democrática debe comenzar en las aulas, pero no debe quedarse ahí, no concebimos a una institución en la que una persona se arrogue el poder, emanando directrices sin la mínima consulta al personal, seres humanos todos,  con mentes pletóricas de buenas ideas y entusiasmo para ponerlas en práctica, que se volatizan por la ineptitud de algunos seudo-administradores cuyo paso por las aulas, muchas veces, fue efímero y que ahora investidos de poder olvidan que uno de los fines de la educación nos llama precisamente a formar ciudadanos para vivir en democracia.

Debemos estar conscientes que como líderes, por antonomasia, nuestra función va más allá de simples transmisores de conocimientos. Debemos tener claro que nuestro papel no es el de depositantes de contenidos programáticos, nunca lo ha sido y mucho menos ahora que la información y el conocimiento se encuentran impresos y digitalizados y resultan relativamente accesibles a un porcentaje de la población que va en aumento vertiginosamente.

Nuestra función va más allá. El concepto de aprender a conocer que podría traducirse en aprender a aprender tiene obligada relación con los docentes como facilitadores de ese aprendizaje. El maestro como guía debe propiciar las experiencias necesarias en las que los estudiantes no sólo conozcan los medios de información y conocimiento sino que, sepan accesarlos, pero que lo hagan con amplio sentido de grupo. Esto es, que el estudiante no se convierta en un “consumidor” egoísta de ese conocimiento sino más bien en un multiplicador crítico de lo que aprende. Por esta razón, apoyamos la idea de la Comisión sobre Educación para el Siglo XXI, presidida por Jacques Delors, cuando afirma en su informe a la UNESCO que la filosofía debe formar parte del currículo escolar en tanto promueve la criticidad indispensable en el momento en que el joven se encuentra con esa “hemorragia” de fuentes de enriquecimiento intelectual.

Compartimos también, la idea de que la historia que se estudia en los centros de enseñanza sea además de la nacional, la de otras culturas con las que se convive históricamente, a fin de crear conciencia de que cada pueblo tiene su propia historia y que ninguno es mejor que el otro. De otra manera estaríamos emulando la actuación de los países ricos los que promueven leyes excluyentes en contra de los inmigrantes.

Hoy más que nunca, cuando se habla de neoliberalismo, neosocialismo…, el sueño de una sociedad más justa, menos excluyente, con igualdad de oportunidades para todos, lejos de parecernos una utopía, debe llevarnos a la reflexión. Y es que en este mundo paradójicamente cuanto más globalizado, tanto más individualizado, los que creemos en el ser humano como fin último de cualquier política económica o social, tenemos muy claro que el papel de sesgar este rumbo que lleva el Planeta no corresponde a los sociólogos, ni a los politólogos, ni mucho menos a los economistas, ese redespertar humanista, esa sacudida histórica a nuestros hijos que están todos los días, en las aulas sedientos también de justicia pero que muchas veces no pueden traducirla porque un sistema les ha envenenado el código; esa responsabilidad es nuestra; maestros y maestras. Somos nosotros quienes estamos llamados a quitar el velo a los hasta ahora llamados alumnos, (que etimológicamente significa sin luz) y seguirles llamando amigos, compañeros.

No podemos seguir tildando de “malcriados”, “insoportables”, y sepa Dios cuántos epítetos más, denigrantes todos, a los estudiantes que llegan a nuestras aulas muchas veces con el estómago vacío, porque en su casa la droga o la falta de empleo no permitió que el dinero alcanzara para comer.

¿Queremos cambiar esto? Creo que la respuesta es unánimemente positiva. Pero si preguntamos ¿Podemos cambiar esta realidad? Quizás no obtengamos la misma respuesta.

Sin embargo, algo si podemos ir haciendo por ahora. Démosles el amor y el cariño a esos niños y a esas niñas que no reciben ni lo mínimo para sobrevivir en sus casas, porque no podríamos hablar de hogares. Llenemos un poco esos vacíos, antes que la droga y la delincuencia lo hagan por nosotros. Hagámoslos críticos, conscientes de clase, seguros de que en sus manos está transformar la realidad en que viven y en la que vivimos todos.

Dejemos ya de atiborrar sus mentes con conocimientos abstractos, desvinculados muchas veces de la realidad en que viven. Aboquémonos a la tarea de formar estudiantes humanistas, si queremos que haya una verdadera transformación del orden social en que vivimos.

Mauricio Jiménez Alvarado

Heredia, Julio de 1999

Anuncios